Una mujer hace pasar a Kira y a su amiga Paula a una habitación lúgubre. En eso entra un hombre de anteojos, fumando un cigarro. Mira a Paula y le ordena que se recueste sobre la camilla ginecológica con las piernas abiertas.
Paula, que es igual de menuda que Kira, se recoge el jumper y con su nariz aguileña y ojos de susto, voltea para mirar a su amiga, como buscando algo de confianza en un lugar que nada seguro tiene para ellas.
Con un foco de luz frente a la vagina de Paula, el falso doctor le introduce un dedo y da su veredicto:
—No te puedo practicar el aborto, porque tienes casi 6 meses, estás muy flaca y puedes morir de una hemorragia. No me voy arriesgar a que me demanden—.
Paula le ruega que se lo haga. Fuera de aquí, dice el hombre echando humo por la boca.
Paula termina comprando pastillas a un tipo de por internet para abortar. Se las pasa a dejar en bicicleta, a diez cuadras del colegio.
Años más tarde, Kira termina haciendo lo mismo, pero con una agrupación feminista llamada Woman on web. Paula nunca más se referirá a su primer aborto a los 13 años. Más adelante se hará otros y conversarán, junto a Kira cómo es vivir una culpa sin arrepentimiento.
(Colaboración Anónima)

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