Por Nicole Salvatierra
Con Camila éramos menudas y cabíamos en cualquier parte. En el verano, para sacarnos la sal y la arena del mar después de la playa, ocupábamos la bañera de plástico del primo de 1 año. Nuestros cuerpos de 6 y 7 años entraban bien en ese recipiente que llenábamos con champú; abríamos el agua caliente hasta conseguir espuma, mientras afuera una fila de parientes esperaba por su turno.
Todavía no nos habíamos metido en la bañera de bebé, y ya escuchábamos los retos de mi abuela, la Marita, amenazando con que cortaría el gas. Con sus gritos detrás de la puerta, nos sacábamos más rápido la ropa para entrar en esa tina y chapotear con cuidado, cosa de que la abuela materna no se fuera a enojar tanto si el piso se mojaba.
En la felicidad del agua, sumergíamos la cabeza en las burbujas compitiendo por quién aguantaba más la respiración. Eso era divertido, hasta que un día Camila me traicionó y nunca más quise bañarme en la tina con ella.
Soy la primera de dos hermanas. Camila es la segunda. Se coló en el vientre de mi mamá cuatro meses después de que yo naciera. Venía como pegada a mí, quizás por eso siempre quería estar tan cerca mío.
Quizá iba a ser mi gemela, pero no la esperé en la carrera de espermios y Camila se quedó en un rincón de la procreación esperando su oportunidad para llegar al útero y hacer que mi madre decidiera dejar de darme la leche materna por estar embarazada.
Con Camila nos parecíamos tanto, que en la calle la gente nos preguntaba: «¿Son mellizas?». Nos pasamos varios años de la infancia explicándoles que, pese a ser del mismo porte y andar vestidas igual, no lo éramos, que no nacimos el mismo día. Solo nos distanciaba un año y dos meses de diferencia, repetíamos.
A los 4 y 5 años, fuimos juntas al jardín infantil que quedaba a la vuelta de la casa. Yo iba un curso más arriba que Camila, pero en su afán por estar cerca mío pedía a la parvularia de su nivel que la llevara a mi sala. Eso no me gustaba, porque Camila sabía hacer muchas más cosas mejor que yo.
Se sentaba a mi lado para realizar las tareas conmigo y aunque lo hiciera inocentemente, a esa edad su tendencia a la perfección ya me hacía sentir inferior. «Tienes que pintar sin salirse de la línea». «Hermana, dijeron que había que colorear el dibujo de la izquierda, no el de la derecha. Lo hiciste mal».
De esos años infantiles, también recuerdo que todos los preescolares jugábamos un juego donde los niños y las niñas deben corren hasta donde su mamá gallina, pero a mitad del camino hay un lobo que se los puede comer. ¡Pasen como puedan!, grita el ave madre desde el otro extremo del patio, y ahí todo el montón de niños y niñas corremos tratando de esquivar al lobo destripador.
Con Camila lo hacíamos tomadas de la mano, para asegurarnos de llegar enteras donde mamá gallina. Un día el lobo me atrapó y no pude aguantarme –pese a todo mi repudio a mostrarse frágil– las ganas de llorar. No sé si por nuestra separación o por la rabia de que Camila era más lista que yo.
Aquella tarde en la tina chapoteamos felices hasta que Camila dejó de mover los brazos para ser espuma. Yo hundía mi cabeza, tragaba y botaba agua imitando a un patito. Tenía los cachetes llenos de agua y jabó cuando vi su cara de advertencia:
–Hermana, no te tragues el agua. Acabo de hacerme pipí en la tina.
Sentí que Camila traicionó nuestro ritual y nunca más quise bañarme con ella.

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