Por Mary Y.
Eulalia puso pestillo soltando un suspiro de cansancio. Vendía chalecos tejidos por ella en el pueblo de Nacimiento, y de vez en cuando hacía uno que otro trabajito con secretos que le había enseñado su abuela para quitar el mal de ojo. Sobre todo en estos tiempos, donde la gente andaba tan mala.
Al voltear se encontró de frentón con el rostro serio y temeroso de su hijo mayor.
—Me voy de la casa, mamá —soltó sin anestesia Orlando.
—Estoy cansada, déjate de hueás —dijo ella quitándose el morral.
—Es cierto, mamá. Me voy a trabajar a Concepción.
—A Concepción se va a ir el lindo, ¡¿no veis que somos los tres con tu hermana?!—Mamá, despídase de mí, ya con quince puedo valerme por mí mismo, hasta plata le puedo enviar. ¿No ve que vivir en una ciudad grande significa más oportunidades? Voy a terminar la escuela y aprender un oficio.
—¡Entiende, mierda!, nosotros somos gente e’ campo. ¿Pa’ dónde vai a ir si hasta la oscuridad del campo te da miedo? —gritó Eulalia sabiendo que ese era uno de los traumas de su hijo.
La oscuridad era un miedo feroz que Orlando no podía controlar. De niño fue introvertido y poco sociable; el hecho de tener tres dedos en el pie izquierdo le impedía jugar a la pelota, además los niños le pegaban chirlitos cada vez que perdía en las canicas.
Su papá nunca le mostró cariño y cuando este murió ahogado en el río, para él fue un alivio. En cambio, su madre lloró una semana sentada en la silla del comedor, segura de que alguien había hecho brujería a su esposo. «Alguien pagaría en vida por esto», repetía.
Cuando por fin se levantó, se lavó la cara con el agua que venía del cerro, se vistió de negro y empezó a tejer chalecos.Para llegar a Nacimiento hay que andar 45 minutos a pie por un camino de piedra, cruzar una llanura terrosa donde aparecen culebras en el verano, y luego avanzar por un bosque de pino que da al pueblo.
Orlando apuró el tranco aprovechando que aún no oscurecía. Una vez en la zona urbana habría luces y podría andar sin miedo hasta que una carreta lo dejara camino a Concepción. Pagaría el resto del transporte con el dinero ganado en la cosecha del fundo aledaño a su casa.
Con los bueyes ya andando de la carreta que pilló, el quinceañero recordó las palabras humillantes de su madre y se enjugó las lágrimas. Extrañaría a Lila, su hermanita, tan apegados los dos. Pero no podía soportar más la oscuridad y el silencio del campo, sus cercos con púas y madera, las trampas para los zorros que fueron la causa del accidente que atrapó su pie durante toda una noche, cortándole dos dedos y generándole una fobia a la falta de luz. Por la mañana, su padre lo encontró desmayado en el patio y no bastó un cachetazo para despertarlo.
Cinco más le dio por «idiota».
—Gracias, amigo —dijo el muchacho saltando de la carreta.
Antes de que oscureciera por completo, Orlando intentó prender el chonchón con la parafina que alcanzó a sacar de casa.Los lobos internados aullaban en el bosque y podían salir a la ruta en cualquier momento. ¿Cómo los iba a enfrentar?
Correría lo más que pudiera, rogando que sus zapatos cosidos con lana aguantasen la carrera, una que comenzó apenas asomaron los ojos brillosos de un animal. Orlando arrancó pero las piernas se enredaban desesperadas y su pie malogrado no respondía a la urgencia.Los oídos bombearon la cabeza del muchacho que pronto cayó desmayado al suelo.
Cuando despertó, su chonchón estaba colgado en lo alto de un árbol, donde un hombre daba hachazos. Con desesperación quiso ponerse de pie, pero estaba envuelto en sábanas blancas casi como si lo prepararan para su entierro.
El joven explotó en llanto sin poder decir palabras, sin poder preguntarle al hombre quién era, de dónde había salido, ¿lo podría ayudar? ¿o era alguien imaginario?Sintió cómo un lobo respiraba en su nuca e imploró al cielo que este se fuera. El animal se montó sobre su cuerpo, mostró sus dientes, acercó el hocico a la nariz de Orlando y alzó las garras para arrancarle de un zarpazo el ojo izquierdo.
El quinceañero, inmovilizado, chillaba de dolor; sintió compasión por él mismo, por las injusticias, por haber querido reparar el dolor con el sueño de emprender un nuevo destino en Concepción. «Soy la desgracia», se dijo.De pronto se acercó el hombre del hacha y con sumo cuidado empezó a rellenar el hueco ocular con pedacitos de madera.
El próximo ojo correría la misma suerte, pero esta vez sería una mujer, su propia madre, quien dejaría sin vista a Orlando.Para Eulalia no era suficiente dejar ciego a su hijo. Ella quería «equilibrar» las dos partes del cuerpo, así que le quitó el calzado y con la misma hacha cortó dos dedos del pie que aún estaba completo.
También sacó una navaja y con delicadeza separó las fosas nasales y el labio superior.Orlando ya no lloraba; sabía lo malvada que su progenitora podía llegar a ser como bruja. Solo le rogaba que no lo dejara deforme viviendo como un invunche, encerrado en su terror.
—No te voy a matar, me servirás para hacer magia.
Con la desgracia sobre su cuerpo y su alma, Orlando se desvaneció. Su madre y aquel hombre del hacha —que ahora reconocía bajo la luz espectral como el reflejo maldito de su propio padre— se turnaron para cargarlo de regreso hasta el oscuro campo cerca de Nacimiento.


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