Por Flora
Eran las 4:41 de la madrugada cuando envié el mensaje de WhatsApp: “Hueona, el Coke acaba de terminar conmigo, se quiere separar”.
Lo mandé en mitad de ese silencio perturbador de las madrugadas de Santiago, directo al teléfono de mi mejor amiga. Nos separan océanos desde hace años, pero el azar o la desgracia habían querido que esa noche ella estuviera en Chile. No entendía nada. Desde ese instante exacto, el mundo se quedó sin explicaciones ni argumentos capaces de mitigar que se quedaban detenidos esos 10 años juntos. Mis ojos cambiaron, quiero creer que no para siempre, pero ya han pasado meses y la mirada sigue siendo el mapa de una tristeza infinita.
A partir de esa noche sentí el cuerpo roto. No era un asunto meramente metafísico o del alma, la carne y los huesos acusaron el golpe. El peso se me empezó a ir, devorado por una angustia que no sabía dónde acomodar.
Empecé a caminar. Todos los días. Era un verano abrasador, pero yo sentía el cuerpo extrañamente frío, blindado contra el calor del pavimento de esta ciudad. Caminaba durante horas, perdida en las calles, observando a los transeúntes con una fijeza casi de detective o de loca. Nunca antes había mirado el mundo con tanto interés. Intentaba sonreírles cuando nuestras miradas se cruzaban, pero a veces ellos se detenían, desconcertados, porque descubrían que caminaba con las lágrimas que rodaban por las mejillas.
Caminaba sin rumbo fijo porque, en realidad, ya no había ningún lugar a dónde ir. Todo se había venido abajo.
Mi proyecto de vida, mi compañero, el presente y el futuro se desarmaron con la facilidad con la que un niño destruye un rompecabezas gigante que alguien tardó semanas en armar, pieza por pieza. Así lo sentí entonces y así lo sigo sintiendo ahora.
No me olvido de ese domingo. Sigo caminando por la ciudad, buscando las piezas perdidas sin la menor idea de cómo volver a encajarlas. Alguien me diría que debería empezar por lo más fácil, pero la verdad es que olvidé las instrucciones. Mientras tanto, en el fondo de mi cabeza, como una estática de radio vieja que no se apaga, insiste la voz de Charly: “Los que no pueden más, se van”. Así, como una huida clandestina en la madrugada, se marchó el amor de mi vida y suena “bang bang bang”.

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