Por Patricia Donoso

Voy caminando apurada a mi casa, me río sola y camino más rápido para que no me escuchen y piensen que estoy loca. Es domingo y vengo llegando, casi a las 7 de la tarde, a la casa antigua que comparto en el barrio República, después de haberme quedado en la casa de Manuel y haber pasado toda la noche y el día tirando.

Es invierno y hace frío, salí con esta falda y pantys sabiendo que algo podía pasar, ahora me estoy congelando el trasero, y no puedo parar de reír. Quiero llegar pronto al departamento, ducharme con agua caliente, aún siento mi cuerpo pegado al suyo. Mis pensamientos son rápidos y fugaces, pasan escenas sobre cómo bailamos sin parar, los «salud» que chocamos con nuestros vasos, el pito que nos fumamos, las carcajadas, lo que conversamos mientras estábamos sentados como niños en el suelo. Y todas las veces que lo escuché llegar al clímax.

Manuel es delgado y tiene marcados los músculos de sus brazos y tórax, tiene grandes tatuajes en muchos lugares de su cuerpo, se pela la cabeza y tiene piercing en cada oreja. Le gusta andar en bicicleta, fumar pitos con sus amigos y leer sobre marxismo, anarquismo y otras cosas. Es sencillo y sin grandes aspiraciones. Trabaja como profesor de Historia, pero no jornada completa, porque sino dice que moriría. Para él el sistema educacional chileno está hecho para convertir a los estudiantes en autómatas y para volver locos a los docentes. Tiene poca plata, pero no es problema para él porque es austero.

Busco las llaves en mi bolsillo, ya estoy llegando a casa, no quiero que mis compañeros vean la cara de felicidad que tengo; los conozco, me van a empezar a molestar. A la vez quiero mostrarles lo winner que fuí al agarrarme al Manuel y contarles todo con lujos y detalles. Entro y ahí está Lucha y Tito tomando chelas y fumando pitos.

— Únete a nuestra resistencia del domingo —me dicen. Lucha me explica que no quieren que mañana sea lunes, “nos rehusamos”, dice.

Me río y les digo, haciéndome la interesante, que mañana tengo que trabajar. Lucha levanta su antena parabólica.

— ¿Qué hiciste anoche ? ¿Dónde dormiste?.

Hice como que no la había escuchado y me fui a mi pieza.

— Ya poh, cuéntame —.

Levanto el mentón orgullosa de mi hazaña: «Me quedé donde Manuel», suelto.

— Te dije que le gustabas, ahora cuéntame todo.

Estaba tan eufórica que no podía ocultarlo, así que le conté excitada todo lo ocurrido.

—Estábamos carreteando donde la Fran, mi compañera de la pega y apareció Manuel. ¿te acuerdas cuando lo conocí, que me cayó mal por su discurso deconstruido? estaba tan indignada.

— Igual te gustó pelear con él — dice Lucha.

— Sí, me gusta discutir con él — Río.

—Ya, pero cuéntame qué pasó anoche…

Me puse a bailar sola Yegua de Babasonicos en medio del departamento. Andaba prendida, me sentía la mina más rica del carrete, había tomado harto vino y se acercó a bailar conmigo. Frente a frente empezamos a mover los brazos haciendo una ola de un lado al otro, luego agarró mi manos, me dio media vuelta y acercó mi cuerpo contra el suyo moviéndose como si fuera un lento. Entonces me di vuelta, le dí un beso y le dije «vámonos de aquí». No quería perder tiempo.

— ¿Qué chucha te pasó mujer? tú no eres así — exclamó Lucha.

— Esta es mi nueva versión — le dije.

Manuel no se quiso ir altiro, así que nos quedamos bailando un rato más, no podía parar de mover mis pies y caderas al ritmo de la música. Lo obligué a bailar reggaetón, estaba indignado, no es su estilo de música, pero igual bailó hasta el suelo, parece que eso lo calentó, porque me invitó a su departamento.

Nos fuimos caminando. La noche estaba increíble, se veían algo de estrellas en medio del esmog de Santiago. Subimos al departamento entre besos y agarrones. Llegamos y no tenía sofá, así que nos sentamos en el suelo a fumarnos un pito y hablar de la vida. Él me paraba a ratos porque decía que hablaba muy rápido, yo quería que se terminara la conversación para tirármelo. Hasta que sucumbió, Me subí encima de él. Lo demás, me lo guardo, sólo puedo decir que fue un 10 de 10.

Esa noche no pude dormir, pensaba una y otra vez en lo que había pasado. Hasta que pude conciliar el sueño un par de horas. La mañana siguiente debía levantarme a las 7:30 am. No lo logré, no me podía el cuerpo. Así que seguí durmiendo hasta las 2 de la tarde.

No fui a trabajar. Tampoco comí. Odiaba el mundo y me quería morir. Aún en cama, miré el litio en mi velador. No me lo había tomado hace días. En ese momento supe que no había sido yo la noche anterior, sino esta maldita enfermedad.

Canción del cuento. Esta de Babasonicos: Yegua

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