Por Nicole Salvatierra

Tras mi separación decidí concentrarme en un viaje que habíamos programado a Iquitos. Pero, no me imaginaba sola y decaída en la selva peruana, así que cambié el pasaje para Cusco. Los adoquines de la plaza mayor, las cúpulas de las iglesias que despojaron a los templos incas, las mujeres aymaras cargando a sus niños por la espalda envueltos en chales de lana de alpaca, fueron las primeras imágenes que me regaló la ciudad.

Sin embargo, toda esa belleza no era suficiente para acabar con un afán de aislamiento. Apenas hice el check-in en la primera hostal que encontré, crucé el pestillo para recluirme en la habitación con provisiones de galletas de soda más cuatro litros de agua. El encierro duró dos días.

Me fui de ese alojamiento cuando dos obreros comenzaron a trabajar en la pieza contigua. Con mi crianza asustadiza, pensé que en cualquier momento se enterarían de que una joven veinteañera estaba desprotegida.


Salí por un callejón de adoquines y entré a un restorán donde un garzón ofreció la carta sin aspavientos. Le pedí una cerveza y cuando la trajo al mesón preguntó con interés si acaso era de Chile. Fue la primera persona con la que interactué tras días oscuros bajo un cobertor.


Seguía sintiéndome extraña y estuve a punto explotar en llanto, pero contuve la respiración para que la espuma de cerveza no brotara por mi nariz. Salí del local con el pecho agitado y llamé por teléfono a un amigo:

-Por favor, tengo que adelantar la fecha del pasaje ¿Me ayudas a averiguar?

Desde Santiago, él trató de convencerme que turisteara por una de las siete maravillas del mundo moderno. Pero no, pero nada, yo no tenía fuerzas para caminar ni por adoquines de la ciudad ni por los escalones de Machu Picchu. Entiéndeme, de verdad estoy muy mal, no tengo ganas de comer, le dije. Cuando confirmó que era posible cambiar el pasaje pagando una multa, saqué cuentas y preferí quedarme en Cusco.

***

La ciudad amanece antes de las 6 y por el altillo, el sol cusqueño me despierta con su luz imposible de ignorar. El Inti ayuda a salir de la cama para atenuar los ánimos depresivos que envuelven las vacaciones post quiebre. Tengo la rara sensación de ser un cuerpo sin piel, y como en este viaje solitario no estoy obligada a conversar, mis caminatas por la ciudad son a paso lento.

Solo hablo por cosas concretas, aunque con un ánimo que enmascara la tristeza, como ahora que estoy registrándome alegremente con la chica del mesón de la nueva hostal. Una recomendada por un brasilero tímido con el que crucé algunas palabras en una casa de money exchange.

En el pasillo del nuevo alojamiento me saludan dos argentinos que trabajan en la hostal pagar su cama. Me preguntan qué onda, cómo ha sido el viaje. Les digo que ando sola y miran con un puchero invitándome a preparar almuerzo. Entre ellos son cuñados, uno es un rubio larguirucho que vende poemas en la Plaza Mayor y se mueve con gestos similares a los de Fito Páez.

El otro es un trigueño mucho más corpulento y coqueto. Es él quien se encarga de preparar unos porotos, receta de su abuela, que asegura me van a dejar hinchadísima. Por la noche nos sentamos en una mesa del bar de la hostal. El flaco saca su guitarra y elige tocar tangos, yo me sé Como dos extraños, así que la entono lo mejor que puedo. Después, escoge Lo Cierto, de la chilena Camila Moreno. Ninguno de los dos alcanza el tono agudo, sobre todo en esa parte que versa: De tanta piedra quebradiza/ vino a caer lo imposible de nuevo por no ver.

–Es difícil– dice el argentino con mirada comprensiva ante mi cara de fracaso.

Mañana emprendo rumbo a Machu Picchu, y no me animo. Paso el vela la noche, es en la soledad donde se despliega un ánimo apesadumbrado. No dejan de caer las lágrimas por mis mejillas todavía pálidas. Me sueno los mocos, pero no duermo.

Al otro día llego de mal humor a tomar el tren para Aguas Calientes. Cuando logro encontrar el carro de mi ticket, el ánimo se pone peor al ver que el puesto de la ventana está ocupado por un gringo de cola dorada y contextura gruesa. Intento acomodarme en el espacio que queda, mientras él habla en inglés con una pareja que está en el asiento del frente.

–Me das permiso, por favor– digo con tono serio.

–Eres chilena– responde el gringo entornando los ojos y con un tono más chileno que los poroto.

–¿Tú también?–pregunto para corroborar si acaso somos compatriotas.

–No, soy de Estados Unidos, pero llevo más de quince años viviendo en Temuco. Por eso, el acento.

Nos interrumpe el chico del servicio para ofrecer comida y de inmediato pienso que el gringo va a pedir una hamburguesa con kétchup. Para mi sorpresa, es vegano así que opta por unas semillas de zapallo. Siento vergüenza de mis prejuicios con la gordura.

Durante el viaje, él me cuenta que es académico de lingüística en una universidad del sur. Está en Cusco por un congreso de lengua amerindia. Por mi parte, le digo que soy periodista y, curiosamente, nos damos cuenta de que recuerda mi nombre porque leyó la firma en la nota que dejé antes de salir de vacaciones, sobre gentilicios y topónimos de Chile.

Conversar realmente cambia mi sentir. Nadie pensaría que cada vez que estoy sola tengo una angustia tan grande, distinta a la pérdida de un amor. Es un sentimiento que cuando cierro los ojos, hace que todo se vea negro. 

Mi compañero de asiento está expectante por conocer Machu Picchu y lamenta que nuestros horarios no coincidan para subir a la ciudad sagrada de los incas. Pero quedamos de cenar en algún restorán de Aguas Calientes. Como en el pueblo la señal es mala, creo que todo esto quedará en palabras así que prefiero quedarme otra vez encerrada en una pieza. A la noche, alguien de la hostal toca la puerta para avisarme que alguien busca a Nicole. Comemos pasta, converso, río y luego vuelvo a tumbarme en la cama sin ganas de levantarme para el tour de mañana.

Pero sigo con la filosofía de no perder plata. Además, mover el cuerpo es lo único que puedo hacer ante tanta tristeza paralizante. Compro un ticket que incluye el bus para la subida, y una vez arriba me uno a un grupo de turistas que hablan español. Machu Picchu es impresionante con montañas verdes, robustas y puntiagudas que protegen a los edificios de bloque de barro creados por los incas.  Pese a ello, solo me da el ánimo para estar una hora y media. Decido bajar a pie alejándome del impresionante paisaje con la sensación de que a veces, simplemente, no se puede conectar con las maravillas.

***

Regreso de Machu Picchu con las piernas agarrotadas, convencida de que necesito una aventura sexual para aliviar la pesadumbre. Cerca de la medianoche voy al bar. Está cerrado. Solo queda el argentino trigueño que descansa en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Se ve sensual con su melena sobre el rostro.

Con dificultad, me agacho para sentarme a unos metros de él. No me animo a acaricuarlo o a decir alguna palabra coqueta. Lo único que logro es quedarme quieta y permanecer en silencio un bue rato. Mañana regreso a Chile.

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