Por Nicole Salvatierra León
Entre la bibliografía que leí para escribir el capítulo Gracias al litio de mi libro El antes y después de llegada –que puedes leer gratis–, están «las dos K». Hablo de Kate Millet y Kay R.Jamison. Aclaro que «las K» es una forma de llamarlas, inventada por mí. No es que así se las conozca en el campo literario y científico del trastorno bipolar.
Dicho esto: ¿Quiénes fueron estas mujeres? Dos grandes artistas, activistas y estudiosas de diferentes ramas que compartían el diagnóstico de TAB tipo 1 (preponderancia de episodios de manía). Ambas usaron litio durante la época de los 70-80, cuando el fármaco era reciente.
Si bien ambas lograron estabilidad con el mineral en cápsula, sus experiencias y miradas sobre el tratamiento son muy opuestas.
Dos veredas ante el mismo diagnóstico
Por un lado, en su obra autobiográfica Viaje al manicomio (1990), la activista feminista Kate Millett retrató la dureza del estigma psiquiátrico y los efectos secundarios del tratamiento, que para ella resultaron muy devastadores. Para Millett, la ingesta diaria del estabilizador no representaba sanación, sino una imposición que amenazaba su libertad y su autonomía artística. En mi libro Elantesydespuesdetullegada.cl destaco esta cita de Kate Millet:
»Durante siete años viví con temblor en una mano, diarreas, posibles daños al riñón y todos los demás efectos secundarios del litio… La decisión de actuar por mi cuenta equivalía a apostar por mi cordura».
En la vereda opuesta, está la visión y relato de la psicóloga e investigadora en trastornos bipolares Kay Redfield Jamison, quien en Una mente inquieta (1995) narra su camino para aceptar el tratamiento. Finalmente, concluye que el litio es un fármaco preventivo e indispensable para sostener la vida y proteger la capacidad creativa de quienes vivimos con este diagnóstico:
»El litio previene mis seductoras pero desastrosas manías, frena mis depresiones… El litio me salvó la vida, me devolvió la razón y me permitió mantener mis relaciones y mi carrera».
De la literatura a mi experiencia con litio
En El antes y después de tu llegada, comparto cómo viví en carne y cerebro este dilema (y cómo fue también el proceso para dejarlo y poder embarazarme). Al principio no quería saber nada de litio. Pero tras tres años de intensa inquietud emocional, altibajos recurrentes, ideas suicidas e insomnio catastrófico, este fármaco, de muy bajo costo, llegó como una última instancia médica en 2017.
Pese al resquemor inicial de apostar por un fármaco estigmatizado y lidiar con efectos indeseados —como el aumento de peso, los temblores en las manos, el brote de acné o la sed constante—, aceptar su consumo fue una decisión luminosa: la prueba concreta de que yo sí podía seguir con vida y construir una estabilidad para mi maternidad. Por eso, mi capítulo se llama Gracias al litio.
La voz de la comunidad @sentirbipolar
Esta vivencia no es individual. A través de mi comunidad en Instagram, @sentirbipolar, abrí hace años una conversación entre las seguidoras y seguidores que usaban el fármaco. Descubrimos variadas respuestas.
Algunas personas destacaron al litio como su salvación y equilibrio.Otras hablaron de adherencia al tratamiento para estar bien, y cómo no, tambié salieron al baile los temidos efectos secundarios.:
«El litio me salvó la vida»
«Tomo 1200 mg, ha sido un remedio genial para estabilizarme. Lo tomo hace seis años sin problemas».
«Me lo debo tomar para no pasar por el brote de nuevo. Me lo tomo sagradamente nomás»
«Desde hace un año y me hizo muy bien. Me da mucha sed eso sí».
«Año y medio ya. Mis bajones son menos profundos, pero siguen ahí. ¡Temblores en las manos odio!»
«Hace 5 años. Subí de peso, problemas de tiroides, pero estable. Una por otra»
«Desde 2020 que tomo litio, gran estabilizador. Pero sí lamento el acné que me generó».
«No he iniciado el tratamiento aún, por miedo a los efectos secundarios»
«A mí no me funcionó. Hoy tomo lamotrigina».
La mirada que tengo sobre el tratamiento
Cuando tienes este diagnóstico, cada decisión que tomamos debe ser informada. Desde mi punto de vista, la necesidad de paz que me otorgó el litio no implica una sumisión ciega a la psiquiatría, sino el ejercicio consciente de la búsqueda de mi bienestar y autonomía.
Como reflexiono en el cierre del Capítulo 6 del libro, la mejor guía ha sido apoyarse en lo que la medicina moderna pueda ofrecerme y en mi propia capacidad para decidir hasta dónde me siento cómoda con los tratamientos.
En una época donde existen herramientas para estabilizar la bipolaridad, acceder a ellas es, en última instancia, una oportunidad vital.
Este y otros pasajes sobre la salud mental, el tratamiento con litio y el tránsito hacia la maternidad se encuentran en el libro «Maternidad con un diagnóstico de trastorno bipolar: El antes y después de tu llegada», disponible en:
elantesydespuesdetullegada.cl.


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